miércoles, 6 de abril de 2016

¿TARDA LA PIZZA? 

VENDRÁ DE TROYA...




De las cenizas de Troya nació, como un ave fénix de las pajareras de Venus, el imperio romano. Así lo creía Virgilio; bueno, la verdad es que no lo creía: era adulto, culto e inteligente. Lo que quiso con la Eneida, el poema épico sobre Eneas y el origen de Roma, fue, primero, hacerle la rosca a Octavio Augusto; segundo, contribuir, por vía divina, a la legitimidad del primer emperador; y tercero, colaborar en la propaganda de los senadores terratenientes y esclavistas, los dueños del imperio.

Eneas, hijo de Venus y de Anquises -y por tanto semidiós-, escapó de la destrucción de Troya, su patria, con su padre a cuestas y con su hijo Ascanio de la mano; así lo pintó Federico Barocci en 1598 en el cuadro que abre esta entrada. El crío sería llamado Iulo en Italia, cambio de nombre que lo convirtió en el origen de la gens Julia, a la que perteneció Cayo Julio César, y de la dinastía imperial Julio-Claudia: Octavio Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. De la estirpe de Ascanio-Iulo nacieron Remo y su hermano Rómulo, el fundador de Roma. Según la lógica de los mitos, cuando la República plantó sus caligas en la península griega en el 146 a. C., Roma no estaba conquistando a los helenos, sino que Troya se estaba vengando de ellos.


Venus y Anquises, los padres
de Eneas, según Annibale Carracci.
Como una versión troyana de Odiseo, Eneas y Ascanio acabaron en el Lacio itálico después de peregrinar por el Mediterráneo. El semidiós tenía que cumplir la profecía que anunciaba su matrimonio con la hija del rey Latino, la princesa Lavinia. Pero lo que hoy nos interesa en esta entrada es la quinta escala de su odisea, cuando alcanzó las islas Estrófadas, en el archipiélago jónico, hogar de las Arpías, que eran todo "h": harpías, horrendas y hediondas.

Tras desembarcar y explorar la deshabitada isla, los peregrinos mataron unas cuantas reses, aparentemente sin dueño. Cumplieron con el sacrificio a los dioses y prepararon el banquete. Pero cuando se disponían a comer, las harpías se lanzaron sobre Eneas y sus camaradas y les quisieron robar la pitanza después de cagar y vomitar sobre ella, que era su repugnante táctica.

Eneas y sus compañeros luchan con las arpías en la versión de François Perrier (1646-47).

Para mí que no se trataba más que de gaviotas, pero a los griegos les gustaba adornarse para contar una historia más que a Valdano y a Calamaro mano a mano. Y si no, mira la Filosofía: tanto romperse la cabeza para, después de todo, concluir que solo sabían que no sabían nada. ¡Hombreeee!, perdón... Andróooos!, si hay que ir se va, pero ir pa'ná

El caso es que los troyanos en fuga, que venían calentitos por haber perdido Ilión y con más hambre que Carpanta, sacaron arcos y flechas y empezaron a pinchar arpías. Una de ellas, "la fatal Celeno", los maldijo:
"¿Conque guerra? ¿guerra tras degollar nuestros ganados? Oíd, y que se os graben mis palabras: ¿rogáis por vientos para llegar a Italia? Pues a Italia sin duda llegaréis, pero la urbe que se os destina no tomaréis sin que antes este agravio os cueste un hambre tal que a dentelladas lleguéis a devorar las propias mesas".

La harpía Celeno, según Francesco
Bozzetti.

"¡Y ahora vas y lo cuentas, Eneitas!", le faltó decir a la arpía Celeno. " No, que ya lo contará Virgilio", le pudo responder el de Ilión. Aquí hago una elipsis y me voy del libro III de la Eneida al VII, donde los troyanos han llegado al Lacio. Eneas y los suyos, echados sobre la hierba, comían "manjares sobre tortas de harina, que servían como sostén a los silvestres frutos". Cuando después de comerse lo de arriba, hincaron el diente en las tortas, el hijo de Eneas, que ya era Iulo, gritó entre risas: "¡Mirad, nos comemos las mesas!". Y allí mismo se cumplió el destino de los últimos troyanos: tomaron el Lazio e inventaron la pizza, todo así, con mucha "z".

A ver, para ser exactos, usar panes sin levar, pan ácimo, como soporte de otros alimentos es costumbre antiquísima. Darío el Grande comía dátiles y requesón sobre tortas finas; los griegos, sus enemigos mortales, las llamaban plakuntos y las alegraban con hierbas, especias, ajo y cebolla.

Versión moderna del plakuntos.
Siglos después de que Eneas y los suyos se comieran las mesas, los legionarios romanos cocían panes de campaña de origen etrusco, la focaccia, quizá como los que dice Virgilio que hicieron reír a Ascanio allá en los prados latinos. En el Rosellón, a la coca catalana, de la familia de las tortas mediterráneas, se le llama fogassa. Naturalmente, el gastrónomo romano Apicio tiene recetas en su De re coquinaria que son las antepasadas de las margaritas, cuatro quesos y demás parentela.


Pero el primer testimonio escrito sobre algo llamado pizza lo encontramos en un texto en latín vulgar del año 997 d. C., en la Alta Edad Media. Se trata de un acta notarial del concejo de Gaeta, en la región del Lacio, sobre un contrato de arrendamiento de un molino, propiedad de la iglesia, en el río Garellano. En realidad, es un diezmo sobre la molienda, con obligación de entregar al obispo Bernardo doduodecim pizze -"doce pizzas"- en Navidad y en Pascua. Tal documento se conserva en la catedral de Gaeta. Nótese que el documento dice "doduodecim", degeneración de duodecim.

Focaccia vulcanizada de Pompeya.
Fuente: Wikipedia.
Hasta el XVIII se comió pizza bianca, sin tomate. Traídos del Perú, se los tomó por venenosos y su cultivo se limitó a la jardinería durante un par de siglos. 

Cuando a finales del siglo XVI el tomate arriba a Italia es bautizado con el nombre de pomo d'oro, "manzana dorada", pues el color de las primeras variedades era entre verde y amarillo. Fueron los paisanos de los arrabales napolitanos los primeros en cubrir sus tortas de pan levado con salsa de tomate. Corría el año 1734. Dicen que tal innovación nació de un pique entre taberneros. Los que ofrecían macaroni -muy especiados y calientes- los empezaron a bañar con salsa de tomate. Como era novedad, los clientes acudían como moscas, así que los obradores de pizza blanca no se quedaron atrás. 

Pero el espaldarazo a la pizza, comida de lazzaroni, la chusma napolitana, se lo dio uno de sus reyes, Fernando I de las Dos Sicilias, hijo de Carlos III. Para evitar que se escapara de palacio para ir a comerla en tugurios, su esposa, María Carolina de Austria, mandó construir un horno para pizzas en su residencia de verano, el palacio de Capodimonte.

Fernando y María Carolina, por
Francesco Liani.
Y ya se sabe, si el rey juega, todos tahúres; si bebe, todos borrachos. En consecuencia, a la nobleza napolitana no le quedó otra, entre risitas nerviosas y mohines de asquito, que aficionarse a comer "la mesa de Eneas". Por una vez, sus pañizuelos no se mancharon solo de rapé, sino que ahora tenían que limpiar el tomate plebeyo de las comisuras de sus labios. Y así hasta conquistar Queens, Bronx, Manhattan y el mundo entero, pero esa es otra historia. 
Así que, a partir de ahora, cuando pidas una pizza a domicilio y el repartidor se retrase un poco, sé indulgente: ya ves que viene de Troya.

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10 comentarios:

  1. Qué te voy a decir que ya no te haya dicho. Ni idea tenía de nada de lo que cuentas (de nada, referente a la pizza). He aprendido y he recordado una de las series de televisión mejores que ha dado el Reino Unido. Sí, lo habrás adivinado: me refiero a "Yo Claudio". Que los dos libros de Robert Graves son mejores, por supuesto, pero lo que disfruté viendo tartamudear a Derek Jacobi, no lo disfruté leyendo los libros.
    Encima me he divertido con tu genial sentido del humor.
    No sigo que parece que te estoy adulando.
    Un beso.

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    1. ¡Ja, ja, ja! Bueno, un poquito de melaza nunca viene mal... Muchas gracias, y sí, qué buenos esos libros y qué bueno Graves. Un beso.

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  2. He comido Focaccia,Cocacatalana y las mas esplendidas creaciones de mi madre cuyo padre,Juan Pedret,como veis catalán,trabajó siempre como panadero....Su heredera fue mi madre que hubiera hecho llorar de placer a los creadores de esta genialidad de masa suavemente levada y la imaginación sobre ella.....ricos recuerdos del paladar.....gracias Troya......

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    1. Gracias a ti por tu comentario, Victoria. Y gracias en nombre de Troya. Un saludo.

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  3. Unos orígenes la mar de interesantes y mitológicos. Por la zona de Requena y Utiel en Valencia existe la costumbre de comer unas tortas de aceite adornadas con sardina de bota o con embutido y panceta de la zona. Son una delicia. Según me contaron, las solían llevar los campesinos y pastores en su zurrón como alimento del día. Suelen durar tiernas varios días al estar la masa trabajada con aceite. El resultado es muy parecido a una pizza pero sin tomate.

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    1. Y esos vinos de Utiel y Requena, ¡qué festín! Gracias por tu comentario, Carmela. Un saludo.

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  4. gracias por tu sentido del humor! eres un placer para leer.

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