miércoles, 23 de marzo de 2016

EL ÚLTIMO TRAGO DE CRISTO




No lo busques en el cuadro de Leonardo da Vinci que tantas elucubraciones le provocó a Dan Brown. Y tantos royalties, claro. No, su último trago mortal no lo tomó Cristo del Santo Grial en la Última Cena, colmado de su propia sangre en la institución de la eucaristía. Lo bebió en la cruz, incumpliendo, por cierto, su propia palabra. Y no lo digo yo, lo cuentan los evangelistas.

Lucas, Marcos y Mateo incluyen este episodio entre las humillaciones y tormentos de la Pasión del INRI. Así lo cuenta Lucas en su evangelio (23:36-37):
"Y le escarnecían también los soldados, que se acercaban a Él ofreciéndole vinagre y diciendo: Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo".

Sayones barrocos del paso
de la Crucifixión ("Sed tengo"), 

que abre esta entrada.
Gregorio Fernández. Valladolid, 1612.

Con ánimo vejatorio pasó aquella escena al imaginario cristiano, agravado, según la versión del evangelista Mateo (27:34), con la suma de hiel al vinagre. También hay cristianos que juran que el Hijo de Dios no quiso beber nunca de la esponja que le ofrecían. Se basan en que en la Última Cena tomó el cáliz, lo pasó a sus discípulos y les dijo:
"Tomadlo y distribuidlo entre vosotros; porque os digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios" (Lucas, 22:17-18)
Y Jesucristo fue consecuente cuando, según Marcos (15:22-23), lo llevaban al Gólgota...
"...que quiere decir lugar de la calavera, y le dieron vino mirrado, pero no lo tomó".
El vino con mirra, aquel bálsamo carísimo, más que el oro y el incienso, que le ofreció Gaspar en el pesebre treinta y tres años antes, podría actuar como una especie de analgésico. Entraba en las fórmulas de los embalsamadores desde el Antiguo Egipto y de los perfumistas orientales. Su sabor era muy amargo, símbolo, pues, de la Pasión.


Tríptico de la Crucifixión.
Maestro de la Virgo inter Virgenes (1495).
Debajo, detalle de la esponja de vinagre.

Pero, llegados aquí, siento desdecir a quienes niegan que Jesús bebiera tras jurar que nunca más lo haría. Y, para más inri, lo hago con sus propias armas, pues para eso traigo a Juan, el evangelista del águila:
"Sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un botijo lleno de vinagre. Fijaron en una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se lo llevaron a la boca. Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está acabado, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu" (19:29-30)
Y ahora me meto en berenjales, en jardines y en camisa de once varas. A despecho de algunos pasajes del Nuevo Testamento, traigo a esta entrada la duodécima estación del Vía Crucis -la crucifixión- para plantear que la ofrenda de vinagre al Cristo no fue humillante, sino compasiva. Y hasta solidaria...


Legionario de tiempos de Tiberio.
Fuente: The Roman Army 
from Caesar to Trajan.
Ilustrador: Ron Embleton.
Osprey Publishing.
Hay quien afirma que el legionario que le dio de beber en la cruz lo hizo para terminar con su padecimiento. Colgado de los brazos, con los nervios rotos por los clavos de las muñecas, el crucificado agonizaba de asfixia muy lentamente. Al beber de aquella esponja empapada en vinagre, terminó de ahogarse y murió, que es lo que narran los evangelios. Si no, podría haber colgado de la cruz varios días, hasta que, probablemente, le hubieran roto las rodillas a martillazos para que se descolgara y se asfixiara por fin.

En todo caso, lo califico de acto de compasión porque, si fue un soldado de las legiones del emperador Tiberio (42 a.C.-37 d.C.) el que le dio el vinagre, le ofrecía exactamente lo mismo que bebía él. No veo, por tanto, escarnio en su acción; al contrario, salvo que hubiera escupido en la esponja. Aquel trago de Cristo justo antes de expirar fue gemelo del que, en los campamentos legionarios, tomaron los emperadores más castrenses. Y pongo a la Historia Augusta, colección de biografías imperiales, como testigo:
"El mismo Adriano acostumbraba a vivir la vida de campamento y, siguiendo el ejemplo de Escipión Emiliano, Metelo y Trajano, comía sin reparo al aire libre el rancho del legionario: lardo, queso y vinagre".
Según Plutarco, Catón el Viejo, ejemplo de virtudes viriles romanas, también seguía esa dieta. Vivió entre los siglos III y II a.C., en plena República romana, cuando las legiones establecieron ya tal rancho.


Marco Porcio Catón.
El lardo es manteca de cerdo, pero el dichoso vinagre no era tal simplificación. Hablamos de acetum, o aceto, una mezcla de vino agrio, estropeado en almacén, que los romanos mezclaban con agua y hierbas aromáticas. Más o menos, e insisto, más o menos, el hoy despreciado -por saturación- aceite de Módena, que tan de moda estuvo en las ensaladas de canónigos, otro alimento demodé. Esa bebida, ese "vinagre", se conocía como posca y era muy popular entre la plebe romana. Es lógico, pues, que los legionarios que intervinieron en la ejecución del Cristo ("el ungido") tuvieran cerca una vasija de posca: debía de hacer calor a primera hora de la tarde en el Gólgota en plena primavera (atendiendo siempre a la tradición y fechas cristianas, claro).

La posca reunía, aparte de la obvia hidratación, cualidades analgésicas, antisépticas al mezclarla con agua insalubre y hemostáticas, es decir, ayudaba a contener las hemorragias. A mayores, aportaba calorías y vitamina C, por lo que prevenía el escorbuto.

Aulio Cornelio Celso.
Así pues, no solo formaba parte de la dieta legionaria, sino de su botiquín de campaña. Aulo Cornelio Celso, galeno romano del siglo I, lo confirma: "Toda herida debe ser limpiada y se ha de aplicar una esponja escurrida en aceto". La posca tenía otra ventaja: no embriagaba, ni de lejos, como el vino, o como la cerveza en el limes germano, por lo que alejaba a los legionarios de la indisciplina. Estos llegaron a identificarse tanto con su bebida que hay quien dice que la soldadesca consideraba propio de afeminados el beber vino. No creo que en los saqueos o en los permisos se pusieran tan melindrosos: "¡Uy, no, por Baco! Vino no, yo soy más de posca...".



La Crucifixión (detalle de la esponja).
Jacopo Comin, Il Tintoretto (1565).

Dicen también que la esponja del último trago del INRI está repartida en trozos por toda la Cristiandad. Una porción de tal reliquia se encuentra en la Sainte Chapelle, la capilla real de la Île de la Cité, en París. Luis IX se la compró en 1241, junto con la corona de espinas y la moharra de la lanza de Longinos, al último emperador latino de Bizancio, Balduino II. También adquirió una parte de la Vera Cruz; hay tantos santuarios que se ufanan de tener astillas de la cruz de Cristo que, reuniéndolas todas, se podría construir una flota entera de galeones de Indias. Felipe II, que coleccionó en su vida 800 reliquias, también guardó en El Escorial un pedacito de la avinagrada esponja.


INRI: Iesus Nazaraenus Rex Iudaeorum,
Jesús el Nazareno, Rey de los Judíos.
Detalle de Cristo crucificado.
Diego Velázquez (cca. 1632).

Con aquel suplicio, al Mesías se le negaba su condición de Rey de los Judíos; y más que Roma, se la negaban los propios hebreos. Seguro que alguno de ellos vio en aquel sorbo de posca del reo una demostración de su impiedad, pues ningún judío podía tomar el jugo de la vid si lo habían manipulado manos gentiles. Por tanto, el aceto mezclado que Cristo bebió no era puro, no era kosher, y él era un impío a ojos de los ortodoxos. Un hereje, además de un antisistema.

En fin, que la posca no murió con el Imperio de Occidente. En el año 360, el Código Teodosiano la regula:
"Es costumbre en tiempo de campaña distribuir entre las tropas galletas y pan, vino y vinagre, así como lardo y cordero".
Las "galletas" son el bucellatum, la durísima torta castrense, dos veces horneada: cuanto menos agua, menos se echa a perder. De ella toman su nombre los guardias personales de los generales y los potentados romanos de la Antigüedad Tardía, los bucelarios, que tenían asegurada la galleta. Así que los soldados bizantinos, defensores del Imperio de Oriente, siguieron tomando vino agrio mezclado, pero con el nombre en griego: phouska.


Magister militum tardoimperial
escoltado por su draconarius (centro)
y un bucelario(izquierda).
Desperta ferro, portada #1.

Conclusión: si Dimás, el Buen Ladrón, y Longinos, convertido tras herir al Mesías en el costado, fueron al Cielo, ¿cómo no habría de ir aquel anónimo y compasivo legionario que regaló a Cristo su último trago mortal? Digo yo, que soy un descreído echado a perder.



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Y ya de paso, ¿te atreves con una sátira de la televisión?:

4 comentarios:

  1. Magnífica entrada, José Juan.
    Desconocía totalmente la existencia de ese brevaje. Por Tarraco, se llevaba más el hidromiel. Cosas de pijos...
    Un beso.

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    1. Y el garum, seguro. Pues no sois finos ni ná por allí...
      Un beso.

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  2. Fantástica, José Juan. Permíteme compartir tu entrada que, además de curiosa, la encuentro muy interesante. Me ha mostrado un punto de vista nuevo y más lógico sobre los últimos momentos de la vida de Cristo.

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    1. Nada como salir del camino trillado. Fue una casualidad, leyendo algo en otro blog histórico, Bellumartis, se me ocurrió la relación. Gracias por tu comentario.

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