miércoles, 10 de febrero de 2016

DROGA PARA UNA INFANTA




¡Hay que ver!, no ganamos para disgustos con las infantas, ya sean Austrias o Borbonas... Bromas aparte, esta entrada nace de un posteo en mi otro blog, "El viento de mis velas". En él hablo de las impresiones que se llevó de España una viajera del siglo XVII, Madame D'Aulnoy. Ojiplática como una lechuza se quedó la dama francesa por una costumbre que le provocaba una mezcla de hilaridad y repugnancia: las damas ibéricas -españolas y portuguesas- comían jarritos de barro como quien come pipas. Así como lo oyes...

Resulta que esa entrada mereció algunos comentarios de incredulidad de amigos y lectores: ¡pensaron que me lo había inventado! Muchas gracias, para un escritor es todo un halago. Pero no, se trata de un trastorno alimentario muy bien documentado. La historiadora Natacha Seseña, experta en el asunto, lo bautizó como bucarofagia, o sea, "comer búcaros". Es una manifestación de otra enfermedad más amplia: la geofagia ("comer tierra"), incluida en la categoría superior de la pica, o ingesta de todo tipo de sustancias incomestibles. Pica viene del nombre científico de la urraca, Pica pica, ave que se traga todo lo que encuentra.


Bodegón con cacharros, de Zurbarán (1650).

Un búcaro es un recipiente ventrudo y de cuello estrecho, de arcilla roja y olorosa, que servía para beber agua aromatizada. A Madame D'Aulnoy le regalaron uno en su viaje a España:
"Tengo una gran taza de esa clase que contiene una pinta; el vino no vale nada bebido en ella, pero el agua resulta excelente [...] cuando se la deja allí un poco de tiempo, la taza se vacía sola, tan porosa es la tierra, y huele muy bien"
Lo escandaloso para la francesa era que, vaciado el búcaro, las nobles españolas mordían el borde y masticaban los fragmentos al menos una vez al día. Seguimos con la espantada viajera:
"He querido probar ese alimento tan estimado y tan poco estimable: antes comería asperón [matorral áspero y leñoso]"
¡¿Pero por qué hacían eso?! 

Pues hay cuatro razones, dos de ellas contradictorias. La primera, por puro placer, hasta alcanzar un grado de adicción semejante, en sus efectos, al consumo compulsivo de bizcochos de marihuana (hablo de oídas, claro). Y más que por placer, por aburrimiento; la libertad de movimientos de las damas nobles en la corte de los Austrias era casi nula; una, por su condición femenina y, dos, por la estricta, severísima, etiqueta borgoñona de la corte española. Se llegó a prohibir a las reinas montar a caballo por simple entretenimiento. ¿No resulta lógico que se doparan con lo que tuvieran a mano?

La composición de la arcilla con la que se fabricaban aquellos búcaros y la mezcla de hierbas aromáticas, resinas vegetales y esencias que se le añadía proporcionaban un goce próximo a la estupefacción. En cuatro palabras: hablamos de una droga. Así lo evidencia el testimonio de una monja del Siglo de Oro,sor Estefanía de la Encarnación, a quien le costó un año quitarse "de ese vicio, si bien durante ese tiempo fue cuando vi a Dios con más claridad". A tal punto llegaba el gusto insano por aquellos jarritos que fueron ensalzados como "golosinas".

Éxtasis de Santa Teresa, de Bernini.
Por eso no resulta raro que un jerónimo, el padre Torrejón, afirmase en 1596 que no era "pequeño trabajo para los confesores el de atajar este vicio". Por cierto, ¿comería búcaros santa Teresa?


La propia Madame D'Aulnoy nos introduce en las otras razones que llevaban a las damas españolas a la bucarofagia.
"Ya os hablé de la pasión que muchas ponen en mascar esta tierra. Suelen quedar opiladas: el estómago y el vientre se les hinchan y endurecen y la piel se les pone amarilla como un membrillo".
Se llama opilación, entre otras acepciones médicas, a la amenorrea, la suspensión de la evacuación menstrual por obstrucción del intestino. Uno de sus síntomas era la pérdida de rubor cutáneo, debido a una sobrecarga hepática. En aquel siglo de Contrarreforma, la lividez cadavérica se convertía en un símbolo: el recuerdo constante de la levedad de las cosas mundanas, sujetas a la Parca inclemente. Y, claro que sí, era también una muestra de distinción: solo quienes debían ganarse el pan con el sudor de su frente, la chusma, cogían color por andar al aire y al sol.


En un pestañeo, Juan de Valdés Leal (1672). 

Comer búcaros con frecuencia producía, por tanto, la retirada de la regla. ¿Qué pretendían con ello? Por un lado, estaban convencidos de su utilidad como anticonceptivo y buscaban, en el peor de los casos, abortar. Así lo cuenta, medio sonriendo, el embajador francés ante Carlos II, el marqués d'Harcourt:
"Esto es contrario a la reproducción. Dejaré a mi mujer comer tantos como ella quiera y así no me arruinará con tan excesiva fertilidad".
Y por otro, y aquí está la contradicción, creían que comiendo arcilla cocida podían mantener artificialmente las condiciones de fertilidad femenina para asegurar la inseminación masculina. Es decir, que con la amenorrea forzada pretendían prolongar la fecundidad al contener la sangre del menstruo.

María Luisa de Orleáns.
Por culpa de esta segunda barbaridad, sufrió mucho María Luisa de Orleáns, la primera esposa de Carlos II, el Hechizado. 


Como nadie se atrevía a sugerir que el incapaz era el rey, se acusó a la reina de estéril. Por Madrid corría una coplilla cruel y amenazante:
Parid, bella flor de lis / pues en situación tan extraña, / si parís, parís a España / y si no parís... ¡a París!
María Luisa se convirtió en una adicta a los barros por su obsesión en mantener abonado un campo, el de su vientre, para una semilla, la del Hechizado, que no era sino cáscara. Y, con mucha seguridad, las opilaciones la llevaron a la muerte por cólico miserere, obstrucción aguda del intestino, uno de cuyos síntomas era el vómito de las heces.

Una muestra de la popularidad de la bucarofagia en el Barroco español es el cuadro La familia de Felipe IV, rebautizado como de las meninas, del genial Velázquez. En él, la acción central, y muy íntima, es la ofrenda de un búcaro rojo, posado en una salvilla, que hace la menina portuguesa María Agustina Sarmiento a la infanta Margarita Teresa de Austria. ¿Qué tiene de íntimo? Está demostrado que la infanta sufrió de pubertad precoz, con sangrados abundantes desde niña. Aparte del efecto analgésico, o estupefaciente, de la ingesta de búcaros, los barros provocaban el corte de sus menorragias.




No es Velázquez el único que muestra una moda considerada entonces de muy buen tono. De hecho, se tenía por mucha etiqueta el regalar "barros". Aparte de los españoles de Talavera, en Toledo, y de Salvatierra de los Barros, en Extremadura, eran muy apreciados los portugueses de Estremoz y los mexicanos de Tonalá.

Alonso Sánchez Coello pinta en 1585 a la duquesa de Béjar, Juana de Mendoza, con un enano que le ofrece un búcaro.




El pintor Martínez del Mazo, yerno de Velázquez, muestra otra ofrenda de un búcaro a un personaje real, en este caso, a Carlos II de niño. Es un detalle del retrato de la regente Mariana de Austria, su madre.







Y regreso al Velázquez de Las hilanderas con un detalle que me descubrió Natacha Seseña, la historiadora que amadrina la bucarofagia. La principal de la artesanas tiene un búcaro... ¿Dónde? Pues donde guardaban las mujeres lo que no querían extraviar, entre el pecho y el brazo. Ahí esconde Velázquez la jarrita que refresca a la hilandera... No, no es un seno a punto de ser vencido por la gravedad, es un búcaro bajo la camisa, ¿no ves el asa?




Tampoco la literatura del Siglo de Oro es ajena a la bucarofagia. Góngora habla de esta adicción cuando escribe:
Niña del color quebrado, / o tienes amor o comes barro
Y Quevedo, su enemigo, cuenta que "Amarili tenía unos pedazos de búcaro en la boca y estaba muy al cabo de comerlos"; e insiste: "Unas daban en comer barro para adelgazar, y adelgazaban tanto que se quebraban. Andaban estas más amarillas que las otras". También Tirso de Molina: 
Comes carbón, yeso o tierra / como las damas de Corte / que diz que adrede se opilan
Y, cómo no, Lope de Vega:
Mujer que come medio jarro / que no lo hace por el barro / sino por dar a entender/ que su barriga es basera [plana como una bandeja]
Es Lope el que desvela el antídoto contra la opilación de búcaros en su obra El acero de Madrid. Tal era el nombre que recibía una fuente al otro lado de la Puerta de Segovia, en la Casa de Campo. Manaba de ella agua ferruginosa, que desopilaba. Sí, desopilar es "desatascar", y uno se desatasca de risa cuando algo le resulta desopilante.

¿Y qué tiene todo esto que ver con mi nuevo libro, Para escribir novela histórica, al que este blog apoya? Pues que las fuentes y la documentación no se reducen a las páginas de viejos libros y de nuevos ensayos, sino que están allá donde tu curiosidad las huele: en un cuadro, en una escultura, en un viejo e insospechado apero en un museo municipal, en un coroto abandonado y polvoriento en un desván... Curiosidad, curiosidad y curiosidad, las tres principales virtudes de un novelista histórico. Y no hagas caso cuando te avisen de que la curiosidad mató al gato, son cosas que dicen los que tienen perro. Por envidia.

¿Quieres plasmar tus historias en la Historia? Pues permite que te recomiende Para escribir novela histórica:



14 comentarios:

  1. Desopilane tu nueva entrada. Ya me dejaste vuelta al aire con lo de los búcaros en las aventuras de la D'Aulnay, pero aquí, en que desgranas las posibles razones de la bucarofagia, perpleja me he quedado.
    Perpleja y encantada.

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    1. Sí, yo también me he desopilado con estas cosas de nuestros antepasados. Tampoco tenemos hoy el monopolio de la extravagancia. Gracias, Rosa.

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  2. Bucarofagia? En la vida se me hubiera ocurrido que semejante cosa pudiera existir y además tan extendida. Interesante . Un saludo. Josevi.

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    1. Yo lo descubrí, y no sé cómo, documentándome para mi primera novela, "El viento de mis velas". Y cuando me enteré de que eso era lo que se veía en Las meninas creí que me estaban tomando el pelo... "Cuarto milenio" y cosas así, ya sabes.
      Un saludo.

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  3. Sorprendida estoy, nunca lo hubiera pensado, sino lo lo cuentas no deja de ser um mero ofrecimiento en el cuadro. Creía que las damas de esta época tomaban vinagre para estar pálidas . Muchas gracias por publicar

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    1. Pues ya ves, yo también estoy descubriendo las magníficas historias escondidas en los cuadros. Los pintores, como los escultores de las catedrales, escondían regalitos en sus obras. Muchas gracias por tu comentario.

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  4. Puestos a elegir, prefiero la tarta de chocolate. Es igual de adictiva (al menos para mí) y me produce los mismos síntomas. Cuando termino de comerla veo a Zeus y a todos los dioses del Olimpo. Y al Papa de Roma, si hace falta.
    Un gran post, querido amigo. Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Elisenda. Yo también la prefiero, y mis dientes más. Un abrazo.

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  5. A mitad de camino entre la incredulidad y el asombro me he quedado tras leer tu interesante entrada, Jose Juan. te aseguro que en mis clases de Lengua voy a hacer lo posible por sacar el asunto a colación. Seguro que más de uno no creerá la información que les dé al respecto. Ya sabes de antemano que mi fuente de información serás tú. Espero que no te importe.

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    1. Y yo estaré dispuesto a asumir la responsabilidad y a dar la cara, ¡faltaría más! Muchas gracias por tu comentario, Carmela.

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  6. No tenía conocimiento de semejante adicción de aquellas damas de esos siglos donde se decía que en España No se ponía el sol, aunque viendo este tipo de costumbres me parece que esa España debió quedarse tan ciega que ni sus damas cortesanas supieron que no era "pan" lo que llevaron a la boca sino ¡arcillosa ignorancia!
    Un relato bien ilustrado y muy curioso.
    Cordiales saludos

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    1. ¡Ja, ja, ja!, pero bien ciegas, sí. Y lo más triste es que lo hacían por la pobreza de su vida diaria, pobres mujeres. Muchas gracias por tu comentario, Estrella. Un saludo.

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  7. Muy interesante esta entrada y por supuesto la bien documentada explicación. Al respecto, había escuchado hablar de esta tendencia en niños o personas que tienen una carencia vitamínica o falta de calcio. En "Cien años de soledad", uno de los personajes, Rebeca, llega a la casa de los Buendía desde La Guajira y además de traer la enfermedad del insomnio y el olvido, solamente quería comer lo que raspaba de las paredes pintadas de cal. Pensaba que solo era un fenómeno de los países subdesarrollados. Sorprendente, !La realeza!. Gracias de nuevo porque leerte es una aventura de conocimiento e información.

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    1. Muchas gracias por tu comentario. Yo, de pequeño, tenía un vecinito que hacía lo mismo: se comía el yeso de las paredes. Y lejos de ser algo físico, era psicológico. Un saludo.

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